Humanidad Plena

Juego de Tronos es una serie que ha cautivado a millones de personas en el mundo, y cómo no, plantea una trama profunda, en donde con gran maestría vemos inclusive una visión real de la naturaleza humana en su relación con la lucha por el poder. Pero igual dentro de ella y ese contexto, ha sido calificada como una puesta que rescata el importante papel de las mujeres en la sociedad, grandes heroínas forman una parte contundente de momentos definitorios de esta descarnada búsqueda por la sucesión, en donde las normas entran en colisión con los intereses, los deseos y la fuerza.

Muchas veces se afirma que la realidad supera a la ficción y es muy acertado. No es de nadie desconocido que el autor de la saga Juego de Tronos, George R.R. Martin se inspiró en la Guerra de las Rosas en Inglaterra. Cierto, es un hecho histórico pero la vigencia de sus postulados no pueden ser más actuales. La preferencia masculina sobre la femenina para la herencia del trono nos hace pensar en la concepción de igualdad de género. Aunque en la serie no es tan tajante esto, en la realidad podemos encontrar ejemplos menos promotores de dicha igualdad. Traigamos a la atención lo que acaba de ocurrir en Japón, con la asunción del nuevo Emperador Naruhito ¿por qué esto nos llama la atención?

La sucesión imperial nipona se encuentra prevista en la Constitución de ese país, una norma que fue impuesta por los aliados después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Un primer dato que resulta interesante es que con la aparición de dicha Carta Fundamental, el concepto de familia imperial fue recortado, miembros que previamente se encontraban dentro de ella fueron desplazados al momento de plasmar las palabras en el papel, en un momento eres familia y tan pronto se seca la tinta dejas de serlo.

Sin embargo como hemos estado diciendo, un elemento significativo es el trato diferenciado que las reglas imperiales dan a las mujeres: por un lado, se les obliga a abandonar sus derechos al casarse con un plebeyo y se les impide que sus hijos o hijas formen parte de la línea sucesoria, sin contar con que ellas no pueden acceder al trono. Esto generó que la familia del Imperio del Crisantemo se haya visto peligrosamente reducida.

Las circunstancias anteriores son las que imponen sobre las esposas de los varones una carga fuerte, la obligación ineludible de dar un varón, pero también son reglas que hacen crítica la situación como lo es ahora, que el nuevo emperador no tiene hijos, solo un sobrino pequeño, poniendo en riesgo latente la futura transmisión del poder.

         Propuestas de cambio para afrontar mejor el devenir de la casa imperial existen, tales como modificar el estatus de la mujeres, inclusive cambiar la formula que define a la familia imperial, aunque la voluntad política parece no estar particularmente solida en este momento.

Sin embargo la enseñanza que nos dejan estos hechos es que las convenciones que definen las instituciones sociales son muy variadas en el tiempo y el lugar, lo que para nosotros como país es un criterio de igualdad, no implica que rija de la misma forma en sociedades ajenas. Como mexicanos dejamos de avalar la idea de una monarquía con el fusilamiento de Maximiliano, tenemos una idea de familia que viendo como ocurrió en Japón con la familia imperial me pregunto ¿podría cambiar con un mandato constitucional? Finalmente, hemos evolucionado hacia la concepción de una igualdad entre hombres y mujeres que esperamos difícilmente haga otra cosa más que progresar hacia hacerse más sólida.

 Al final queda dentro de muchas una reflexión, si el Trono de Hierro no se disputara en Westeros –como en Juego de Tronos, donde no habiendo total equidistancia hay un camino menos cerrado a la igualdad-, sino en Japón, sería sabio que no existiera la regla inalterable de que debe ser un varón el heredero, sino fuera la personas más adecuada –con independencia de su género-, porque mucho pierde la humanidad si empezamos por descalificar una parte importante de ella.