¿Tenemos un Presidente populista?

El actual Presidente de la República es señalado por diferentes fuerzas políticas, destaca con profusión la derecha conservadora (que sí existe), que aprovecha sus múltiples errores para denostar a todo el pensamiento y la acción política de izquierda. Uno de los principales señalamientos de estos se monta en la crítica de su populismo.

¿Sería el principal defecto de Andrés Manuel López Obrador su populismo? ¿Es realmente un populista nuestro actual Presidente? A mi parecer, lo de López Obrador no es populismo, sino algo que ni es nuevo, ni es de izquierda sino un recurso político bastante más conservador.

El populismo es, desde el punto de vista del pensamiento de izquierda, una desviación de la concepción científica de la sociedad, y se pudiera sintetizar diciendo que comete el error de considerar como oposición social fundamental aquella que existe entre “el pueblo” y la “élite del poder”, cuyo máximo exponente sería el aparato de gobierno. Así, los populistas conciben una oposición maniquea entre “El Pueblo” y “El Gobierno” y es en esta confrontación en la que dicen tomar partido por el primero.

Fue Carlos Marx quien analizó profundamente la sociedad capitalista y sentó las bases del pensamiento social hasta convertirlo en ciencia, desvelando los secretos que subyacen al desarrollo de la sociedad, demostró que la principal contradicción no es entre el pueblo y la elite del poder, sino entre las clases explotadas y las explotadoras. Estas someten a aquellas y en eso utilizan toda la maquinaria social, incluido el aparato de gobierno.

Pero la defensa del pueblo no se resuelve en la lucha solamente contra este aparato, sino modificando todo el mecanismo que le permite a las clases poderosas explotar a las trabajadoras, el cual se realiza primero en el terreno económico, en la forma de organizarse para producir los bienes que necesita la sociedad en su conjunto. Poner fin a las diferencias sociales requiere un cambio radical en el sistema social y sobre todo en el económico, no se resuelve cambiando al personaje en el gobierno, sino a la clase en el gobierno; para que las clases explotadas puedan emanciparse deben tomar el poder político y desde este cambiar el modelo económico por otro que tienda a eliminar las diferencias sociales. Por eso, Marx le dijo a las clases trabajadoras: “uníos” y “tomad el poder político”.

En su origen, el error de los populistas, aunque error, era la forma en que los luchadores sociales de los sesentas y setentas del siglo XIX sintetizaban su deseo de reivindicar al pueblo y les ofrecía un plan de lucha que, con todo y sus buenas intenciones, solo producía planteamientos románticos y aparentemente radicales, pero irrealizables cayendo en el más inocuo idealismo que sólo podía llevarlos al fracaso; y así sucedió con todos los originarios movimientos populistas que sólo dejaron una larga lista de mártires.

Todo esto difiere mucho del otro “Populismo”, como “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares” (RAE), que no existe como ideología, sino como estrategia de acceso al poder político, práctica a la que han recurrido fuerzas políticas de todo pelaje, liberales, conservadores, ultraderechistas y hasta las corrientes fascistas, y que consiste en utilizar un lenguaje incendiario, aparentemente popular, convocando al apoyo de “el pueblo” y oponerle un enemigo visible (la élite del poder, el gobierno corrupto, la mafia del poder, etc.), acompañado de una descarada compra de voluntades, a veces con dádivas y regalos, y otras con solamente promesas fantásticas pero completamente irrealizables.

Y de este modo, en efecto, con el uso de la retórica populista, lograron éxito político personajes y propuestas sociales tan disímiles como Juan Domingo Perón en Argentina, José María Velasco en Ecuador (quien, por cierto, en uno de sus cinco períodos se proclamó Dictador), el Macartismo en EE UU, el mismo neoliberalismo en Latinoamérica a través de Carlos Menem, Alberto Fujimori, el Vlaams Belang en Flandes (partido racista y xenófobo), los partidos conservadores UKIP en Inglaterra y el Lega Nord en Italia, y toda la sarta de partidos que emergieron con la caída del socialismo en Europa, el mismo Lech Walesa y su Solidaridad que destronaron el socialismo en Polonia, o en Estados Unidos el multimillonario texano Ross Perot, el movimiento populista de izquierda Occupy Wall Street y el populista de derecha Tea Party, todos los cuales acompañaron su discurso populachero con la adopción de “programas para ayudar al pueblo”.

¿Y no acaso hicieron lo mismo Otto Von Bismark el «Canciller de Hierro» prusiano y Benito Mussolini líder del fascismo en Italia?

En México ¿no pasó lo mismo con Vicente Fox, cuyo lenguaje florido y su frenética crítica a las “víboras y tepocatas” logro engañar a los mexicanos que lo llevaron a la presidencia?

¿No fueron los neoliberales mexicanos quienes lo introdujeron hace 20 años con la promesa de “ayudar al pueblo”, y engañaron al mismo con sus programas asistenciales que desde entonces existen, pero que no han logrado reducir la pobreza que marcha a pasos de gigante?

Pero la estrategia es más vieja. Décimo Junio Juvenal, poeta romano, de finales del siglo I y comienzos del siglo II, autor de dieciséis sátiras, criticó con auténtico pesar al pueblo romano, ya que “… desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto-, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo”.

La crítica de juvenal era una protesta ante la decadencia de sus contemporáneos romanos, quienes visualizaron desde el 140 a. n. e. un plan para ganar los votos de los pobres: regalar comida barata y entretenimiento. Los políticos romanos encontraron que esta política de «pan y circo» era la forma más efectiva de subir al poder y los ciudadanos renunciaban a su derecho de nacimiento para hacer política.

Julio César, desde entonces, mandaba distribuir el trigo gratuitamente, o venderlo muy barato, a los más pobres, y tenía un padrón de unos 200.000 beneficiarios. Tres siglos más tarde, Aureliano continuaría la costumbre repartiendo a 300.000 personas dos panes gratuitos por día.

El “pan” lo distribuía la “Annona”, institución romana que controlaba el comercio y distribución del trigo. Desde este organismo, se paliaban las hambrunas entregando grano a quien lo necesitara. De ese loable fin de combatir el hambre, se pasó a ese casi chantaje que denuncia Juvenal.

El circo, o los juegos del circo, consistían en luchas, combates, festivales y teatros para que la gente se divierta y no pensara mucho. Recordemos que en estos se sacrificaban a los “enemigos del pueblo” arrojándolos a los leones hambrientos. Estas prácticas se perpetuaron durante siglos en Roma.

Pan y circo, la vieja práctica “populista” que desde antes de nuestra era ya había sido inventada por los políticos poderosos, con padrón de beneficiarios y todo, como un medio para alcanzar el poder político y conservarlo, a cambio de cuyos favores, el ciudadano renuncia a su derecho de nacimiento para hacer política.

Dígame usted, amable lector, ¿a cuál de estos “populismos” se parece más el de López Obrador y su Morena?

 

*Javier Martínez Jaramillo, vocero del Movimiento Antorchista en Campeche