La liberación de Ovidio

Tras la discusión y polarización del tema en torno a la liberación del hijo del "Chapo" Guzmán y la polémica acerca de que si el presidente López Obrador hizo bien o mal al tomar la decisión de liberarlo, si se apela al menos común de los sentidos y ubicando el asunto en el justo medio, independientemente de descalificaciones, críticas y hasta insultos a AMLO, o bien defensas radicales por parte de su amplia legión de defensores a ultranza al márgen de la reflexión y el análisis, la conclusión sin filias ni fobias sería que López Obrador tomó la única decisión posible y que era, cómo fue, dejar libre al presunto delincuente, asumiendo las consecuencias del grave conflicto que se le venía encima en México y el mundo entero, particularmente con el país vecino y su comandante en jefe Míster Trump y su marcaje personal sobre nuestra nación y su primer mandatario.

López Obrador tenía como menú el jueves pasado una sola sopa de lo más amarga en un día que parecía ser por la mañana el del triunfalismo con la inauguración del inicio de la construcción del nuevo aeropuerto en Santa Lucía, en una fecha que el propio presidente calificó sin titubeos ni reservas mentales de históricas.

Pero al paso de la tarde, con la detención del hijo del narcotraficante más famoso y violento del mundo y la reacción tremendamente violenta del cártel de Sinaloa con una acción de franco terrorismo en contra de la población de Culiacán, el inicio de esos trabajos del nuevo aeropuerto se eclipsó.

La noticia nacional y mundial era un evento en el cual el presidente de un país llamado México dejaba libre por razones de seguridad de un amplio conglomerado social, a un peligroso capo del narcotráfico.

El presidente de México habría de tomar por la noche de ese jueves, reunido con su gabinete de seguridad, esa decisión única, sin margen de maniobra, la del mal menor de dejar libre a Ovidio Guzmán.

La otra, la de no liberar a Guzmán, hubiera sido el peor de los despropósitos, las manos manchadas de sangre, la perdida en buen porcentaje de su popularidad social y un marcado desprestigio político.

Es cierto que con esta decisión López Obrador no deja de perder, tanto en lo interno como fuera de nuestro país.

En México un importante sector de la población no está de acuerdo con la liberación del hijo del chapo, argumentando que este es el punto de partida para que en el futuro la detención de cualquier otro delincuente de alto calibre venga acompañada de un posterior acto de terrorismo contra la población, que determine a final de cuentas su liberación, y con ello la supremacía de la delincuencia organizada contra el Estado mexicano.

En el exterior, y estamos hablando de todo el mundo, aunque fundamentalmente en naciones europeas, China, Japón ... y Estados Unidos con la incertidumbre del ahora como nunca necesario Tratado de Libre Comercio, la primera reacción ha sido de total asombro ante el hecho de la liberación de un peligroso barón de la droga por parte de un jefe de estado.

Cierto, en esos países el asombro es producto del desconocimiento de la realidad mexicana y la lidia cotidiana con esta suerte de enclave violento, sangriento y despiadado que es el narcotráfico y la delincuencia organizada, que hoy por hoy amenaza con rebasar al Estado y al gobierno mexicanos con su organización, su poder económico y su ramificación con todo lo que represente actividad ilícita.

En lo político, López Obrador ha demostrado ser el gran animal político Aristotélico.

Su reacción ante los hechos ha sido de antología. Una vez asumido el golpe en unas cuantas horas, la mañana del viernes salió a los medios en su acostumbrada rueda de prensa para dar la cara, asumir responsabilidades y afirmar sin titubeos que él decidió dejar libre al hijo de El Chapo, señalando que era preferible dejar libre a un delincuente que un probable baño de sangre entre la población inocente de Culiacán.

Aquí habría que señalar que en el pasado de al menos seis sexenios los presidentes de México no se tomaban la molestia de informar a sus gobernados, a la gente pues, las decisiones que tomaban. De esas decisiones nos enterábamos los humanos comunes por los medios de comunicación que nos hacían llegar esas nuevas del Olimpo casi siempre con información incompleta, sesgada, y no pocas veces manipulada.

López Obrador ha sabido también manejar con maestría política a lo que queda de la oposición de partidos. Salvo Acción Nacional, que en el horizonte sexenal aparece como la única tímida oposición partidista, los demás partidos, incluido el cada vez más anémico P.R.I. han acompañado jubilosos la decisión de AMLO de dejar libre a Ovidio Guzmán.

El gobernador priísta de Oaxaca, por poner un ejemplo, con ese estilo y ese discurso dinosaurico de su señor padre, llenó de elogios empalagosos a López Obrador ante la decisión tomada. Del líder priísta, nuestro paisano Alito, no se supo nada, como no se ha sabido nada de él en las semanas recientes. La única voz crítica fue la del líder nacional panista Marko Cortez, aunque se perdió en la inmensidad de las voces que apoyaron al presidente de México.

El origen de esa tarde de perros, de este jueves negro de López Obrador, fue el tremendo error de su gabinete de seguridad, ese que planificó la detención con fines de extradición del hijo de El Chapo Guzmán.

Es válido suponer que vendrán renuncias y ceses en los altos mandos de ese gabinete. Y que el candidato a encabezarlos es el secretario de seguridad Alfonso Durazo, un político de los tiempos de Luis Donaldo Colosio metido con calzador a policía, sobrino por cierto del tristemente célebre Arturo "el negro" Durazo Moreno.